Compartir
Foto: Nuria Silva.

“El cine es el onanismo internacional”
Nicolás Olivari

Vuelvo a leer El hombre de la baraja y la puñalada. Olivari obliga al lector a masticar. Escribe con rabia y fruición. Nos mete un aparato en la boca más auténtico que la voz, esa cagada de mosca macerada en orines de la buena educación. Se coje a las estrellas escribiendo pero sobre todo se coje los ojos inmaculados de películas de los estudiosos que vendrán, funcionarios de la Pasión.

Olivari escribe con el sexo del cine en sala, “ese onanismo internacional”, esa “cloaca cálida de todo vicio” que bautizó Fellini para siempre y despidió Ferreri en argentino. El hombre de la baraja y la puñalada es una porno de D’Amato doblada por Gardel haciendo gárgaras. Vuelvo a leer El hombre de la baraja y la puñalada y escribo:

La crítica será pajera o será publicidad. Pajera quiere decir: pariente político de la poesía. La crítica pajera ama las palabras como las ama el poeta: hasta el descuartizamiento sonoro y tipográfico. Pero reverencia el sentido que se obstina en creer que portan.

Un crítico que no manifiesta en sus textos esta pasión por las palabras no vale la pena como crítico. No es autor responsable de lo que piensa ni interlocutor válido del lector. La mayor parte de los críticos argentinos se halla en esta situación. Pueden ser tipos muy agradables, programadores eficientes, espectadores sensibles, pero no son críticos a los que valga la pena leer sino, a lo sumo, funcionarios exitosos de la actividad.

“Un escritor escribe”, le hace escribir Aristarain a Luppi en Lugares comunes, como siempre se encarga de recordármelo Roberto Pagés. Y si consigue escribir podrá hacerlo sobre cine o sobre lo que sea. Esto exige carácter, además del estilo o de su búsqueda. Carácter quiere decir: posturas vitales que excedan el acotado marco de la opinión sobre películas y que a la vez impliquen una posición convincente y persuasiva, así sea la de la perplejidad.

Si quien escribe una crítica no pone en juego algo de sí en ese acto -no estoy hablando de una continua actitud de exasperación, ni de la ingenua exposición de una intimidad no transfigurada retórica o dramáticamente- y sólo se limita a desempeñar una rutina, lo que escriba no tendrá valor para nadie y sólo servirá para aceitar el circuito de consumo cultural si se publica en un medio masivo de comunicación o si consigue cierta difusión virtual.

Suceda una u otra cosa, el crítico-poeta sólo podrá seguir siéndolo si se mantiene siempre en tensión con la Cultura, si continúa tejiendo intimidad –singularidad- en sus textos, y si lo primero (cuando no lo único) que le importe siga siendo lo que le pasó con la película y la responsabilidad de convertirlo en escritura.

Al crítico pajero no le da paja escribir. Su cantera no es el intercambio siempre receloso y mal disimuladamente jerárquico con programadores y demás funcionarios culturales, sino él mismo, su cuerpo a cuerpo con las películas y las palabras.

Entre la paja del pajar de la cultura, el crítico-poeta busca la aguja que lo haga sangrar y que le permita pinchar los globos o nubes de pedos que trafican autoridad. La única carta que le sirve es aquella que no está en el mazo. Pese a saberlo, la busca. Y cuando la encuentra, la rechaza.

*Ex redactor de El Amante, Cineismo, Tren de sombras. Fundador y ex colaborador de Hacerse la crítica. Compilador de los libros Patria bárbara, La imagen fisiológica y El acto de la crítica. Autor de Subjetiva de nadie (Entropía, 2014). Crítico, docente y exorcista.

Compartir

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here